Uso racional de fármacos como buena práctica clínica. Deprescribir como actividad de prevención cuaternaria.
El artículo analiza el uso racional de los fármacos como un componente esencial de la buena práctica clínica y plantea la deprescripción como una estrategia de prevención cuaternaria. Parte de una paradoja contemporánea, aunque existen más medicamentos eficaces y seguros que nunca, también han aumentado los daños asociados a su uso excesivo, inadecuado o poco reflexivo. El envejecimiento poblacional, la cronicidad de las enfermedades, la presión asistencial y la gran disponibilidad de tratamientos favorecen la polifarmacia y la prescripción inapropiada.
La polifarmacia puede generar reacciones adversas, interacciones medicamentosas, hospitalizaciones evitables, caídas, deterioro funcional y menor adherencia terapéutica. Frente a este problema, el uso racional de medicamentos exige que cada persona reciba el fármaco adecuado para su necesidad clínica, en la dosis correcta, durante el tiempo necesario y con el menor coste posible para el paciente y la comunidad. Por lo tanto, prescribir no debe ser un acto automático, sino una decisión basada en evidencia científica, juicio clínico, eficiencia e integración de los valores y objetivos del paciente.
La atención primaria ocupa un lugar central en este proceso porque concentra una gran parte de las prescripciones y permite mantener una visión global de la persona. El profesional de medicina familiar puede coordinar tratamientos indicados por distintos especialistas, detectar duplicidades, revisar riesgos y ajustar los objetivos terapéuticos a la situación vital de cada paciente. En este contexto, el uso racional de medicamentos, el análisis de la polifarmacia y la deprescripción son procesos complementarios.

La deprescripción se define como un proceso sistemático para identificar y retirar medicamentos cuyos riesgos superan sus beneficios o cuya indicación ya no se mantiene vigente. No implica abandonar al paciente ni negar tratamientos útiles; por el contrario, busca mejorar la calidad de vida, disminuir daños y recuperar el sentido clínico de la prescripción. Según el artículo, la evidencia disponible indica que deprescribir no aumenta la mortalidad ni empeora la calidad de vida, y puede reducir caídas y mejorar la funcionalidad, especialmente en personas frágiles, polimedicadas o con expectativa de vida limitada.
Entre las estrategias propuestas se encuentran la conciliación terapéutica, la revisión periódica de la medicación y la toma de decisiones compartidas. También se mencionan herramientas para detectar prescripciones potencialmente inapropiadas en personas mayores, como los criterios STOPP/START, los criterios de Beers, LESS-CHRON y escalas de carga anticolinérgica. Sin embargo, el texto subraya que ninguna herramienta reemplaza la actitud crítica del profesional y una atención centrada en la persona.
Se describe la cascada terapéutica, la situación en la que un efecto adverso de un medicamento se interpreta como una nueva enfermedad y se trata con otro fármaco. Para prevenirla, ante cualquier síntoma nuevo debe considerarse la posibilidad de una reacción adversa medicamentosa. Se enumeran las barreras para deprescribir, como la falta de tiempo, la inercia terapéutica, el temor a descompensaciones y la mala comunicación entre niveles asistenciales, pero entienden que retirar medicamentos innecesarios es un acto ético, prudente y preventivo.
Accedé al artículo completo: Esteban Jiménez O, et al. Uso racional de fármacos como buena práctica clínica. Deprescribir como actividad de prevención cuaternaria. REV CLÍN MED FAM 2026; 19 (2): 169-171 | doi.org/10.55783/rcmf.190202